Fotorreportaje
La danza de los diablos

Cuajinicuilapa, municipio de Guerrero, ha preservado durante siglos una de las manifestaciones culturales más importantes del país: La danza de los diablos; creada y preservada por descendientes de esclavos africanos.



Fotografía y texto: Ernesto Álvarez




Aunque no hay muchos documentos que se refieran a ésta danza, existe un escrito que data de 1864, por Ignacio Manuel Altamirano, dónde la cataloga como una "danza repugnante de negros".




El grupo de “Los diablos del barrio de la iglesia” recuperó esta danza, fundada por Don Simitrio Morga Bacho en la década de los 80.




Se realiza del 31 de octubre al 2 de noviembre, por las celebraciones del Día de Muertos. Los grupos confeccionan sus máscaras con cuernos de animales y pelo de caballo o chivo.




Los diablos comienzan sus danzas en el Panteón local, donde recogen a los difuntos hasta entregarlos en sus casas; al final del tercer día de fiesta los devuelven a su lugar de descanso.




Hay filas de diablos que zapatean y dos personajes principales que dirigen al grupo: el Tenango o diablo mayor, que porta un cencerro en su cintura y un chicote; y la Minga, un personaje femenino que baila tratando de seducir a los diablos apretando un látigo para que mantengan una posición inclinada.




Don Simitrio Morga cuenta a Notimex que la danza estuvo por extinguirse porque los organizadores la tomaron "como negocio", apropiándose de las cooperaciones voluntarias que las familias daban al recibirlos en sus casas. Entonces, sintió la necesidad de recrearla.




"Tenía unos 10 años, empecé tocando la charrasca. Yo me acercaba a donde bailaban y si no había quien tocara la charrasca, lo hacía yo y así aprendí. Después fui aprendiendo la flauta, poco a poco".




La charrasca es una mandíbula de animal que se toca rascando sus dientes; la flauta es una armónica pequeña, que se escucha mientras los diablos bailan y el tercer instrumento es el bote, una percusión sutil que se toca frotando los dedos sobre una varilla fina que va incrustada en un tecote de calabaza forrado de cuero de chivo.




Ahí, entre Guerreo y Oaxaca, de África a América, nació la Danza de los Diablos, una tradición ancestral que hace que los muchachos se entusiasmen y se comprometan, y los mayores vean consolidada como un patrimonio cultural de su localidad.