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2019-10-07   13:03:42   CULTURA
No ti mexcondas: Seis décadas de "Visión de los vencidos"

Por Víctor Roura

1

Con un capítulo agregado, el decimosexto, la edición del año 2000 ―coincidentemente la decimosexta― del libro Visión de los vencidos (número 81 de la colección “Biblioteca del Estudiante Universitario”, Universidad Nacional Autónoma de México) incluye testimonios, “originalmente en náhuatl ―apunta Miguel León-Portilla en el prefacio―, de quienes, consumada la victoria de los hombres de Castilla, escriben y describen de variadas formas su triste situación. A pesar de todo, no pudieron ser silenciadas sus voces. Los escribanos indígenas las transvasaron al papel desde tempranas fechas”.
      Pero León-Portilla (1926-2019) no se quedó nada más con los registros inmediatamente posteriores a la Conquista, sino agregó documentos que son, de algún modo, su secuela aun 500 años después: “De los siglos XVI y XVII hay cartas de denuncia y petición al rey; asimismo escritos de reafirmación en medio de la desgracia. De tiempos posteriores encontramos evocaciones como las que acompañaron a la ‘Danza de la gran Conquista’. Textos también de gran fuerza de expresión son los manifiestos en náhuatl de Emiliano Zapata, difundidos en 1918. Y de momentos más cercanos, la denuncia de Joel Martínez Hernández y un bello poema de Natalio Hernández Xocoyotzin, ambos maestros de estirpe náhuatl”.
      Por lo mismo, el libro, cuya primera edición salió de la imprenta hace exactamente seis décadas (en 1959, cuando el historiador contaba con 33 años de edad) y es ya un clásico de lectura mexicana, renovó su importancia. No es que la haya dejado de tener en aquel momento, sino que el agregado, con el capítulo intitulado “Lo que siguió”, reubicó en su real contexto editorial al volumen.

 

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“La visión de los hijos y nietos de quienes fueron vencidos, que hoy están decididos a no serlo más ―señala León-Portilla―, se muestra en este conjunto de testimonios que nos hablan de ‘lo que siguió’ hasta llegar al presente. Su voz es de resuelta afirmación. No piden favor o limosna. Los pueblos originarios exigen ser escuchados y tomados en cuenta. Conocen sus derechos y por ellos luchan. La palabra, con la dulzura del náhuatl y de otras muchas lenguas vernáculas de México, comienza a resonar con fuerza. En un mundo amenazado por una globalización rampante, es ella prenuncio de esperanza. Nos hace ver, entre otras muchas cosas, que las diferencias de lengua y cultura son fuente de creatividad perdurable”.
      Las 26 páginas complementarias de las que se componen ese capítulo incorporado, en realidad conforman la corroboración de la herida. La Conquista, ¿quién lo duda?, fue elaborada de modo cruel, salvajemente injusta y torturadora en manos de hombres ambiciosos que lo único que buscaban, contra el mínimo humanitarismo, era riqueza para el usufructo propio (“y cuando llegaron, cuando entraron a la estancia de los tesoros ―refieren los informantes de Sahagún―, era como si hubieran llegado al extremo. Por todas partes se metían, todo codiciaban para sí, estaban dominados por la avidez”).
      La raza “superior” se imponía bestialmente a la “inferior”. “Los templos y palacios, el gran mercado, las escuelas, las casas, todo quedó en ruinas ―apunta León-Portilla en la introducción del capítulo agregado―. No pocos sacerdotes, sabios, guerreros y otros muchos, los dioses mismos, perecieron o no se supo más de ellos. Los presagios funestos que Motecuhzoma y algunos otros dijeron haber contemplado [aquellos ocho terroríficos presagios que fueron avistados por los aztecas en 1517, dos años antes de la llegada de los españoles, por eso durante este 2019 se cumple el medio siglo, exacto, del desembarco español con los europeos dispuestos a llevar a cabo su “conquista”], parecieron cumplirse. Podía pensarse que la nación mexicana estaba herida de muerte. Pero, ¿es que acaso todo se perdió?”

 

3

Dice Miguel León-Portilla que algunos sacerdotes y sabios sobrevivientes “lograron rescatar el doloroso recuerdo, en imágenes y palabras, de la tragedia ocurrida y del heroísmo que había sostenido a su pueblo. Algunos con la palabra evocadora, o en sus xiuhamoxtli, anales con pinturas y signos glíficos (sus códices), y otros valiéndose ya del alfabeto adaptado por los frailes para representar los fonemas del náhuatl preservaron la memoria de los aconteceres ominosos, los actos de valor y muerte, su tragedia en fin”.
      El sufrimiento de los primeros mexicanos es indescriptible. El 2 de mayo de 1556, apenas 35 años después de la caída de Tenochtitlan, varios nahuas de noble linaje (y ya con la palabra Dios en su boca, entre ellos un hijo de Motecuhzoma: Pedro Motecuhzoma Tlacahuepantzin) le escriben al rey Felipe II para pedirle, en vano, su misericordia: le suplican a “Vuestra Majestad” que fray Bartolomé de las Casas, obispo de Chiapas, se ocupe de su protección y, “si acaso fuere que el dicho obispo estuviere impedido por muerte o enfermedad, suplicamos en el tal caso nos señale una de las principales personas de su real corte de toda cristiandad y bondad al cual recurramos con las cosas que se nos ofrecieren. Porque muchas de ellas son de tal calidad que requieren sola vuestra real presencia, y de sola ella, después de Dios, esperamos el remedio, porque de otra manera nosotros padecemos cada día tantas necesidades y somos tan agraviados, que en breve tiempo nos acabaremos, según cada día nos vamos consumiendo y acabando, que nos echan de nuestras tierras y despojan de nuestras haciendas, allende de otros muchos trabajos y tributos personales que de cada día se nos recrecen”.

 

4

También León-Portilla seleccionó una carta (de agosto de 1595 de un Miguel Hernández, de Chiyauhtzinco en el actual estado de Guerrero) donde se denuncia el abuso de un clérigo (el cura Bartolomé López) que incitaba a la mujer del agraviado a que acudiera a dormir con él a cambio de dinero y ropa: “Nuestro sacerdote cuando confesaba a mi mujer, no la confesaba, sino que allí la provocaba a pecar ―escribió Miguel Hernández―. Le dijo: Hija mía, habrás de dejar por la noche a tu marido. En seguida le dijo mi mujer: Padre, ¿cómo habré de dejarlo, porque es un hombre fiero? Pero él luego le dijo: Hija mía, no tengas miedo de que él te haga algo, de que él averigüe acerca de ti. En verdad, si acaso conmigo pecas, te daré tomines [dinero] y tu camisa y tus faldas. Y si él, tu marido, te maltrata, yo luego iré a dejarte en Cuetlachcoapan [la ciudad de Puebla], al lado de mis parientes. En verdad, allí tú estarás contenta al lado de ellos. Pero luego mi mujer le dijo: Padre, allí me buscará, porque es muy fiero mi marido. [Él le respondió:] Hija mía, no te aflijas, porque entonces yo habré de golpear a tu marido, no te aflijas”.
      Entonces, afligidísimo, Miguel Hernández le dice al sacerdote visitador Alonso Ruiz que si él no vigila al sacerdote provocador, “¿cómo, aquí, junto a él, mantendré a mi mujer? Hace ya seis años que comenzó [el padre Bartolomé López] a incitarla a que pecara con él. Hace ya dos años que la hizo azotar a mi mujer, porque ella no consentía”.
      Tuvieron que pasar pesarosamente casi 300 años para deshacernos del yugo español.

 

5

Nunca nadie los atendió. El rey en su realeza estaba. Los virreyes despojando a los indígenas de cuanto tuvieran. Los vencidos eran mancillados; las vencidas, violadas; los vencidos, discriminados; las vencidas, incriminadas.
      ¿Dónde hemos oído estas historias?

 

                                                                                                                   Ilustración: Rober Díaz

Miguel León Portilla

 

 

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