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2020-03-31   13:00:48   CULTURA
No quiero vivir mi vida teniendo miedo: Joumana Haddad

Por Cristóbal Torres

[Joumana Haddad ha incursionado en la prensa cultural. Por eso no le extrañan los cotos y las mezquindades que en ese círculo se mantienen. Pero ha ido más allá: en la televisión con un programa sobre derechos humanos y ahora editando una revista cuyo tema ha encendido el ánimo masculino árabe profiriéndole amenazas de muerte. Porque debatir sobre el cuerpo femenino no es un tema cultural abierto no sólo en ciertas mentalidades árabes, sino en el mundo entero…]

 

México, 31 de marzo (Notimex).— Joumana Haddad (Beirut, Líbano, 1970) es una periodista que hace 20 años no hablaba español, pero ya dominaba otros cinco idiomas. La entrevista la hace en castellano con un léxico muy por encima del promedio de un hispanohablante nativo. Vino a México para presentar La hija de la costurera (2019), una novela de contenido intimista que le ha servido como catarsis para, al menos, “enfrentar un difícil recuerdo” de su infancia, pero la coyuntura pandémica mundial la orilló a volver a su país tan pronto como llegó, no sin antes otorgarnos esta entrevista.

 

Conversación con la abuela

Haddad inició la novela cuando tenía siete años de edad, según confiesa:

      —Fue el día en que mi abuela materna se suicidó. Yo la descubrí en el suelo de la cocina de su casa… fue el momento en el cual la conversación con ella empezó.

      Desde entonces ha publicado 14 libros entre ensayo, poesía, teatro y cuento. En la novela no había incursionado:

      —Siempre me decía que no quería escribir una novela; pero en 2015, cuando empecé a planear La hija de la costurera, descubrí que en realidad no estaba lista para escribir esta historia —porque la llenaba de dolor familiar.

      La escritora afirma que su novela no le permitió liberarse del dolor, pero sí le dio un poco de paz:

      —Sentí una forma de felicidad porque pude, de la mejor manera que me fue posible, hacer el homenaje que siempre quise hacer a mi abuela… y, claro, también a todas las otras mujeres que sufren y que siguen sufriendo en todas las partes del mundo.

      El sentimiento que más le brota cuando mira su novela es el de la satisfacción, dice. Pero reconoce que los demonios siguen merodeando en torno suyo:

      —El dolor sigue dentro. Sin embargo, ahora tiene un nombre, un título, un cuerpo y una estructura; tiene muchas historias y eso es lo que me ha dado satisfacción…

      Haddad comenzó a escribir poesía y cuento a los 11 años de edad. Paulatinamente comenzó a aprender idiomas de una manera muy natural, casi circunstancial:

      —Empecé con el árabe y el francés, porque Líbano es un país francófono…

      Luego aprendió el inglés en la escuela.

 

Cultura y derechos humanos

Después del suicidio de su abuela, Haddad le pidió a su madre que le enseñara armenio:

      —Porque era el idioma que ellas hablaban y yo no entendía. Por eso quise aprenderlo.

      Y ya lo habla. Luego, en el periodo entre guerras, se dedicó a estudiar italiano de manera autodidacta:

      —Después aprendí alemán y apenas, hace casi 15 años, comencé con el castellano.

      El hecho de hablar tantos idiomas le abrió la puerta al periodismo. Inició como traductora debido a que su árabe era muy bueno; sin embargo, su meta siempre fue trabajar en la sección cultural, que consiguió después de cuatro años. Más tarde la hicieron jefa de la sección, permaneciendo con ese puesto 20 años.

      Una de las cosas que más valora es la plataforma que pudo construir:

      —Escribía el editorial y ahí podía expresar mis ideas y convicciones…

      Además fue así como se introdujo en el mundo de la literatura.

      Hoy en día ya no trabaja en los diarios. Desde hace dos años tiene un programa de televisión con temas de derechos humanos en el mundo árabe, labor que disfruta mucho porque hace algo que la convence:

     —Nunca pude tener un trabajo que me apasionara tanto. Sé que ahora es un privilegio, porque hay muchas personas que no pueden ganarse la vida haciendo lo que quisieran hacer.

      Asegura que el primer consejo que le dio a sus hijos fue elegir carreras por las que sintieran pasión:

      —De esa manera no van a ser infelices, pues pasamos gran parte de nuestras vidas trabajando.

      En su faceta de periodista cultural, Haddad fue testigo de una escena muy común en el resto del mundo: el entorno de los celos, amistades, corrientes, mezquindades. Sin embargo, el único problema que resalta es el de la autocensura:

      —Hay muchos artistas que tienen miedo de decir las cosas tal como son...

 

¡Hablar del cuerpo femenino en Arabia!

Uno de los principales prejuicios contra la mujer árabe proviene de la censura oficial:

      —Pero también hay ese juicio social que a veces no te permite decir lo que quieres decir. Claro que no todas las escritoras y escritores se someten a ese chantaje, pero sí existe…

      Si algo no soporta Haddad es cómo se generaliza la imagen de la mujer en el mundo musulmán:

      —Uno de los prejuicios más frecuentes es que todas las mujeres árabes son oprimidas, que no tienen ningún control sobre su vida.

      Acepta que parte de ese cliché es verdadero:

     —Pero también hay mujeres independientes, fuertes y luchadoras que están tratando de hacer algo para mejorar su vida y la de muchas otras mujeres.

      En 2010 fundó la revista Jasad, lo que ha desatado gran polémica por tratar con explicitud temas relacionados con el cuerpo:

     —La fundé por muchas razones, pero principalmente porque quería tener un proyecto editorial mío…

      Decidió abordar el cuerpo debido a que es un elemento central en su obra, pero también porque es un tema tabú en el mundo árabe:

     —Pensé que sería bueno discutir de esos temas y entender por qué se ha roto nuestra gran tradición de hablar libremente de temas eróticos.

      Y por qué el cuerpo de la mujer se ha vuelto el objeto de todas las obsesiones:

      —Pero no sólo en el mundo árabe, sino en el mundo en general.

      Su postura abierta y progresista la ha llevado a luchar con muchas voces en contra:

      —A mí no me importa el juicio de otros. Lo que me importa es hacer algo de lo que me sienta convencida. Me concentro siempre en las otras personas con las que ya comparto una opinión y me fundamentan.

      Reconoce que ha recibido muchas amenazas de muerte:

      —Y sigo a veces recibiéndolas…

      Pero está convencida de que nunca faltará gente queriendo intimidar:

      —No siempre con amenazas de muerte, pero sí tratando de impedirte hacer lo que deseas…

      Ha llegado a la conclusión de que si algo va a pasar en su vida, simplemente pasará:

      —No quiero vivir mi vida teniendo miedo, sigo haciendo las cosas que me convencen.

 

Mantener la esperanza

—Una vez dijo usted que su activismo no es porque espere ver un cambio algún día, sino para mantener la esperanza. ¿Cómo es posible mantener la esperanza en un ambiente tan atribulado?

      —Con dos sentimientos muy necesarios: la rabia y el amor. La rabia por toda la injusticia que hay en el mundo de hoy, no sólo hacia las mujeres, sino hacia todos los grupos tratados con discriminación, ¡que hay muchos en el mundo! Esa rabia nutre la acción y la voluntad de hacer algo. Y también el amor, el amor hacia la gente que está sufriendo.

      A esos dos ingredientes, Haddad añade un tercero:

      —Pienso que la esperanza puede nacer en un mundo donde no haya indiferencia.

      Afirma que lo mejor que podemos hacer es no ser indiferentes:

      —Así nutrimos la esperanza: sin mirar las cosas como si fueran normales. El cinismo no me gusta.

      En aras de involucrarse por medio de la acción, Haddad intentó participar en la política de su país; sin embargo, acusa que le hicieron fraude:

     —Había ganado, pero en el segundo día anunciaron que no, que había perdido.

      Hizo una apelación a la Corte, inútilmente. Pero asegura que seguirá intentándolo.

      Descarta cualquier tipo de pasión por la política:

      —A decir verdad, nunca fue un campo que me sedujera. Porque es muy sucio; pero, precisamente porque es tan sucio, quisiera entrar y quizá practicar una política de humanismo: hacer llegar voces que no están siendo escuchadas en mi país.

      Haddad se siente agradecida por el hecho de tener sus libros traducidos y publicados en varios países, incluyendo México. También se considera afortunada de tener lectores que puedan relacionarse con lo que escribe:

      —Esto me ha enseñado que tenemos muchas cosas en común.

      Para la escritora, las divisiones entre Oriente y Occidente, o norte y sur, “son nada comparado al hecho de que todos somos seres humanos”:

     —Tenemos los mismos miedos, los mismos sueños y la misma pasión y esperanza de merecer que nuestra dignidad sea respetada.

 

Joumana Haddad

NTX/CTM/VRP/JC

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