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2020-04-06   18:59:14   INTERNACIONAL
Buenos Aires no es como contabas, no se puede pasear

Por Patricia San Juan

Buenos Aires, 6 Abr (Notimex).- Nadie sabe cuánto queda para que Argentina salga de este silencio anormal que predomina en las calles. Los ruidos cotidianos de los zapatos, las voces fuertes que ríen o discuten en las conflictivas avenidas, el sonido perenne de las construcciones o los bocinazos naturales del tráfico de la tarde no se perciben.

En Caminito no quedan danzantes que se toman fotos con los turistas que no saben exactamente qué ven, la Bombonera no tiene aficionados y los del River no discuten a la distancia.

Ni la hinchada ni la música domina las calles, pues los cuartetos ya tocan desde las salas de su casa o simplemente han guardado los instrumentos. El coronavirus impidió que los pibes jueguen al fútbol y los tienen en casa rompiendo cosas con el balón.

En los hogares predominan las ropas más cómodas y la elegancia se guardó para cuando haga falta, se cocina más y se habla menos, las cosas son difíciles desde el aislamiento, o así lo ven Mari y Constanza, un par de compañeras de piso que viven en Buenos Aires.

Constanza es una mexicana, viajera como ninguna, que aprovechó una oportunidad de intercambio de su escuela para ir a Argentina y, tras un recorrido a sitios maravillosos, la cuarentena la sorprendió en el inicio del calendario escolar. Aún no ha podido tomar clases. Ella es quien presta su experiencia para contar sobre lo que implica la cuarentena lejos de casa.

Dependiendo de la hora el día se comporta distinto. Durante la comida las calles vuelven a estar plenas, la gente sale con sus bolsas del mandado y aprovecha para estirar las piernas o consentirse un poco, pero el resto de las horas parece que se detiene el tiempo y sólo cambia la luz del sol.

Constanza llegó con un grupo de 90 estudiantes que arribaron al país a estudiar un semestre y cuando comenzaron a anunciar nuevas medidas algunos decidieron regresar o al menos intentarlo. Unos cuantos redactaron cartas a las autoridades mexicanas, otros cambiaron sus vuelos, pero ella y otros tantos decidieron quedarse en el país por el tiempo que tenían previsto.

Las cosas no han sido fáciles, las dificultades propias de un intercambio se sumaron a las de una cuarentena. No han podido cambiar de divisa y eso la obliga, junto con otra compañera de piso que también es mexicana, a recorrer ciertas distancias para poder comprar algo que con efectivo sería accesible en un punto más cercano.

Antes de que las autoridades decretaran el confinamiento y el cierre de fronteras, Constanza subía al último buque que conecta con Montevideo, a través del Río de la Plata, para volver a Buenos Aires y quedarse en el departamento en el que se ha mantenido durante la cuarentena.

A pesar del bullicio aduanal y el tiempo que les tomó embarcarse pudo subir, volver y no quedarse en otro país a la espera de ayuda de su nación o de la que le da acogida.

Pero ya en Buenos Aires es evidente que los policías dominan las calles. Mari alega, de forma irónica, “que la represión sirve para algo” y remarca que las revisiones policiales al menos han ayudado a controlar que la gente no salga de casa sin un propósito válido.

Pero el miedo persiste, no sólo por la enfermedad, sino a que seas detenido por la policía por no salir con una razón correcta, así que no importa lo más pequeño que se compre, para evitar ser abordado por la policía es mejor ir con las manos ocupadas con la bolsa del mandado.

A pesar de ello las medidas son aplaudidas, al menos por los residentes del departamento de estudiantes compartido en el que viven, pues el gobierno supo actuar con velocidad ante el potencial de crecimiento del coronavirus. El problema es no saber qué sigue ni cuándo acaba.

De lo que sí queda evidencia, y probablemente irá aumentando, es de la xenofobia que este proceso implica, pues Constanza y su compañera ya han sido interpeladas por no estar en su país y seguir en Argentina. Esto se exacerba con el miedo que corroe en general a los ciudadanos.

Pero los nervios están por el virus y porque no va bien la economía. Argentina ya arrastraba un problema de deuda que impacta a los ciudadanos y con un freno en los trabajos hay mucha más tensión entre los habitantes.

La inestabilidad económica afecta en este momento y resulta muy probable que tenga consecuencias negativas a futuro, no sólo en Argentina, sino en el resto de los países que frenaron sus industrias para luchar contra el coronavirus.

El 20 de marzo se dictó la “cuarentena total obligatoria” en el país, hasta el 31 del mismo mes, pero esta medida se extendió porque no se ha podido detener del todo el crecimiento acelerado del contagio de COVID-19, como ha sucedido en otros países.

Argentina ha reportado hasta el momento mil 554 casos y 48 muertes. Este proceso de aislamiento social ha servido para evitar el colapso de sus hospitales, al limitar las posibilidades de contagio de los habitantes.

Ahora queda esperar para volver a los lugares de siempre, al subte, a los camiones, a las plazas y los mercados, a abrazar a la gente, a salir con los amigos y a pensar en todo aquello que se aprendió durante la cuarentena, que en muchas ocasiones ha causado tristeza, desesperación o cansancio.

Constanza y sus compañeros de piso siguen haciendo música, comida y platicando. Al menos empezarán clases en línea pronto, para por fin hacer aquello por lo que fueron a Argentina. Les resta esperar a que las cosas salgan mejor y puedan seguir con el bullicio, la vida normal o lo que podría ser la cotidianidad una vez que salgan. De momento, a diferencia de lo que canta Sabina, Buenos Aires no es como se contaba, no se puede pasear.

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-Fin de nota-

NTX/I/PMS/JGM

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