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2020-04-09   13:01:33   CULTURA
Federico Arana: en efecto, no hay enemigo pequeño

Por Víctor Roura

[Con el doctor en biología Federico Arana (Hidalgo, 1942), autor de varios libros de texto sobre el estudio de los seres vivos, comienza esta sección cultural a mantener un diálogo abierto con diversos creadores sobre la calamidad pandémica que ha obligado al mundo a refugiarse en sus hogares. Son diálogos  sin un inicio definido ni un final absorbente. Son una serie de ―serenas dentro de la posibilidad que pueda otorgar el temor ante lo desconcertante, por no decir desconocido― reflexiones, sobre todo, acerca de nuestra compleja contemporaneidad. Los convocados a estas conversaciones son especialistas, de una u otra manera, en los asuntos de la ciencia. Con sus conocimientos acaso vayamos comprendiendo este mal que nos aqueja por la demasiada información contaminada… Con el también roquero, dibujante, académico, novelista y compositor sostuvimos el siguiente diálogo…]

 

Digo al doctor en biología Federico Arana que este confinamiento me ha puesto de cabeza, como, me imagino, a él mismo y a parte del mundo entero. Con sus conocimientos a flor de piel, lo insto a dialogar sobre esta cruzada que nos tiene al punto de la angustia.

 

“Ejerced dominio sobre todo ser viviente…”

―El contacto con la vida salvaje ha puesto siempre en riesgo a la humanidad, Federico, pero continuamos refrendando esta intimidad. El mercado de mariscos en Wuhan, China, ha sido esta vez donde se ha detectado, al parecer, el virus infeccioso. El Sida se dice que fue adquirido en África mediante un contacto con primates. Sin embargo, hay programas culturales, como Sobrevivencia al desnudo, en Discovery, donde una pareja, hombre y mujer, efectivamente sin ropa, tienen que vivir, o sobrevivir, 21 días en una selva del mundo (ya incluso ha sido iincluida Quintana Roo para estos percances) enfrentándose con el mundo desconocido de la flora y la fauna planetarias, comiendo víboras, si es que las pueden atrapar, o ancas de rana, o insectos, tomar agua de los ríos, exponiéndose a posibles bacterias desconocidas pertenecientes a murciélagos, monos o mamíferos (y aunque hay un equipo médico a su disposición eso no onsta de que sean picados o infectados previamente). Se trata de un riesgo de sobrevivencia en un mundo cultural incierto. Después de esta hecatombe global del Coronavirus, ¿es posible seguir tomando estas experiencias como transgresiones culturales?

      ―Esos programas de encuerados impuestos a sobrevivir en la jungla están diseñados para épeter le bourgeois y no creo que afecten en nada a la cultura ni a la sociedad desde los puntos de vista económico y ambiental, al menos por lo que se refiere a la localidad y al momento histórico. El hombre es un animal omnívoro que dejó de serlo por presiones económicas encauzadas por la religión, al menos en Occidente. Para darse cuenta de hasta dónde es cierto lo dicho basta con coger la Biblia y leer el Levítico. Ahí se prohíbe casi toda la comida disponible en el planeta de una manera aparentemente arbitraria pero cargada de sentido desde el punto de vista económico y ambiental. El antropólogo Marvin Harris lo explica admirablemente en sus libros. El cerdo, animal muy adecuado para la alimentación humana, es prohibido y declarado inmundo porque, para el clima desértico de los países del Oriente Medio, es inadecuado: como no transpira, para refrescar el cuerpo se revuelca en sus propios excrementos y compite por el alimento con el hombre. En cambio se bendice al ganado bovino (a pesar de ser de lo menos indicado para nuestro aparato digestivo), que nos está llevando a la extinción. Ya sé que es triste para los amantes del T-bone Steak, pero la devastación de las selvas y las ingentes cantidades de metano que constituyen los pedos de las reses son uno de los principales problemas para eso que llamamos calentamiento global y que, si no fuéramos tan agringados y tan cursis, llamaríamos calentamiento mundial. Pero incluso más grave es el mensajito que nos deja Dios en el Génesis: “Sojuzgad la tierra: ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra”.

      “Entonces, no hay razón para que dejemos de comer insectos, murciélagos o pangolines. Simplemente pongamos atención en cocinarlos adecuadamente. Pensemos, además, que las peores previsiones en cuanto a número de muertes se quedarán cortas si las comparamos con lo que se nos viene encima si no logramos frenar el terrible cambio climático. Tampoco estaría mal que empezáramos a insistir en la importancia de llevar a la Corte Internacional de La Haya a elementos como George W. Bush, cuyos embustes y ambiciones causaron un millón de muertos directos más lo que se vayan sumando por conflictos derivados en la zona”.

 

“Siguen dándome muchísimo más miedo los fanatismos…”

―Ciertamente, el hombre devora al hombre; pero esta contingencia que nos tiene prácticamente atados en la casa es por una cuestión justamente ambientalista: se dice que una bacteria saltó a la corporeidad humana que ha causado, de contagio en contagio, esta enfermedad planetaria. ¿Es posible prevenir estas catástrofes infecciosas, Federico? A un siglo de distancia de la anterior pandemia, la de la gripe española, el miedo parece azuzar indeciblemente a la humanidad, como no se había visto antes…

      ―Ojalá hubiera sido una bacteria la que tomó por asalto al chinito, porque en tal caso no estaríamos tan fumigados. Me refiero a que las bacterias son enemigos poderosos pero acaso más manejables que los virus. Estos son tan pequeños que pueden atravesar un filtro de porcelana como Pedro por su casa y, además, no cuentan con una maquinaria metabólica susceptible de ser saboteada o descarrilada por sustancias análogas a las sulfas o los antibióticos.

      “Bueno, las catástrofes infecciosas del futuro ya están anunciadas por los expertos, pero se parecen a los terremotos en cuanto a que no admiten predicciones certeras. De todos modos yo me jugaría el cuello a que el Covid-19 va a resultar mucho más leve que la mal llamada gripe española (por cierto, pienso si sería algún bisabuelo de Quino o de Rius el que se sacó de la manga el nombrecito), entre otras cosas porque, como dijo el autor de La verbena de la Paloma (don Tomás Bretón), las ciencias adelantan que es una barbaridad, que es una brutalidad, que es una bestialidad.

      “Pues sí, veo mucho miedo y también mucha indiferencia, al menos aquí en Morelos. Por lo que a mí respecta, procuro estar guardado porque cuando iba llegando a la estación de Balderas una ñora embarazada me cedió su lugar. Tú ríete, pero ya me han cedido el asiento en el Metro. Por otra parte, siguen dándome muchísimo más miedo los fanatismos religioso y político, así como la codicia inhumana y suicida marca hermanos Koch o la estupidez sin límites que implica meterse una metanfetamina o un pericazo teniendo a la vista las carnicerías, el creciente poder de los cárteles y la indefensión en que nos han sumido… porque se siente bien chido, maestro”.

 

Un virus que nos convierte en zombis y vampiros

―Lo más pequeño resulta ser nuestro peor enemigo, Federico, si bien esta demasiada información, si consideramos los miles de portales que hay al respecto, de poco ha servido porque, como nunca, el miedo ha cundido en la gente. ¿De qué manera informarse con cabalidad sobre el tema, a quién recurrir, cómo manejarnos en estas intempestivas calamidades? Ni con el influenza, que nos pegó duro, había tanto miedo en las calles. ¡Un amigo me ha dice que acaba de ver a un perro con cubreboca de la mano de su amo!

     ―Ahora se nota el alcance del dicho “no hay enemigo pequeño”. Tienes razón, hay demasiada información. Y seguro que predomina la exageración, porque hay muchos virus más peligrosos que el Covid-19: desde el Marburg hasta el responsable del dengue, pasando por el del ébola.

      “Me parece que, salvo en caso de que seas un mago del Internet o tengas acceso a publicaciones especializadas, las transmisiones en cadena desde Palacio Nacional son la mejor fuente de información, porque están hechas con profesionalismo y objetividad. También he visto buenos programas en la televisión de la Universidad Nacional, en Televisión Española, así como los canales 11 y 22. Las redes sociales pueden estar bien para enterarse de anécdotas capaces de ilustrar los alcances de la estupidez y la  mezquindad humana, como la de esos energúmenos que amenazaron con incendiar el hospital de emergencia en el estado de Morelos, pero hasta ahí. Lo del perro visto por tu amigo me parece una buena puntada y a la vez un desperdicio. A propósito, me pareció una mala puntada que TV UNAM transmitiera al menos dos veces el churrazo El último hombre sobre la tierra en que un extraño virus llegado de Europa (gracias quizá a los vientos del este) convierte en zombi-vampiros a todos los vecinos y compatriotas de Vincent Price”.

 

Educar, educar y educar

―El comercio hace de la locura una gananciosa formalidad, Federico. Sin embargo, hay quienes no creen en estas pandemias caracterizándolas de guerras bacteriológicas, como tampoco creen en el derretimiento polar, ni en el calentamiento atmosférico. Como biólogo y estudioso de los seres vivos en el planeta, ¿qué hace falta para redirigir la conciencia hacia un mayor cuidado humano? Este virus nos ha pegado duro: ¿será una advertencia para esta definitiva toma de conciencia?

     ―Evidentemente hay seres humanos sólo equiparables con las hienas, los chacales y las sanguijuelas (también hay ladillas). Tienen el alma cauterizada y son capaces de ponerse a especular y a despojar al prójimo en las peores crisis.

      “Tampoco son raros los ignorantes que no creen en las pandemias ni en el calentamiento mundial ni en los daños ocasionados por el tabaquismo. Son la escoria de la tierra, un verdadero asco, pero son peores los que cobran por decir que la peligrosidad de las pandemias es un recurso de los políticos para desviar la atención, que sigamos arrojando dióxido de carbono a la atmósfera porque no pasa nada o que fumar es un placer genial, sensual… ¡y los fumadores pasivos que se xodan!, y el presupuesto del Estado para salud, ¡lo mismo!

      “Para redirigir la conciencia no hay más remedio que educar, educar y educar. También habría que desalentar el futbol, fútbol o fut bol, la prensa amarillista, los reality shows (sobre todo el del esperpento peruano que dice pertenecer a América).

      “A fin de cuentas, el miedo al que te refieres parece inoculado por las redes sociales, porque tanto las rutinarias ruedas de prensa oficiales como los mejores programas televisivos han insistido en que no debemos exagerar ni entrar en pánico. Ojalá no lleguen a cambiar mucho las cosas, pero por lo pronto salta a la vista que el número de víctimas de homicidios dolosos supera con mucho a las del Covid-19 y el año pasado la gente hacía una vida hasta cierto punto normal. Los virus (literalmente los venenos) se presentan, se fijan, penetran, se multiplican, se ensamblan y son liberados en pandilla. Las noticias falsas y las exageraciones hacen lo mismo.

      “¿Advertencia para una definitiva toma de conciencia? El día en que la faz de la Tierra se vea libre de nazis, stalinistas y fundamentalistas religiosos hablaremos, por lo pronto habremos de seguir guardaditos… aunque me parece que haremos bien en cambiar definitividad por provisionalidad”.

      ―Afortunadamente no nos ha tocado vivir la fatalidad de una guerra, aunque sí he sido testigo de las simulaciones políticas, de las impunidades del empoderamiento económico transformadas en insólita normalidad, de las satisfacciones ajenas que otorga el vivir bajo el amparo de la corrupción en sindicatos y burocracias, el proteccionismo hacia los defectuosos progresismos, las censuras apacibles y cordiales, pero confieso que jamás pensé  convivir en el conflicto de una pandemia: el encierro necesario en la soledad aislada, el no tener que caminar junto con los otros, el distanciamiento con las personas que amas, los besos arrebatados, el abrazo afectuoso y los saludos amistosos. ¿Qué otra calamidad más atroz?

     ―Sí, mi buen Víctor, es horrible verse privado de paseos y tertulias con los cuates, de besos, caricias y abrazos, pero consuélate pensando que al menos nos queda la música. Recuerdo que en mis tiempos prerrocanroleros, cuando mi hermano Juan Ramón y yo éramos adictos a la música clásica, llegaba la Semana Santa y teníamos que guardar un silencio sólo comparable al de Ana Frank y familias que la acompañaban. Abrumados por el peso de ser izquierdistas y refugíberos inmersos en una sociedad mayoritariamente católica, nuestros padres nos habían prohibido escuchar la radio. ¡Ni aunque fuera el “Ave María” de Schubert, el “Réquiem” de Mozart o la “Pasión según san Mateo” de Bach!

NTX/VRP/JC

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