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2019-12-03   13:02:37   CULTURA
Crucificción: Otro que muerde el polvo, de Agustín Monsreal

[Agustín Monsreal (Mérida, 1941) nos ha cedido este cuento para nuestra sección literaria. Destacado narrador ―autor de más de dos veintenas de libros―, sus letras han merecido un enorme reconocimiento sobre todo en el complejo género del relato, del cual Monsreal es un icono, como podrá comprobarse luego de la lectura de este cuento…]

 


Otro que muerde el polvo

Agustín Monsreal

 

“Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar tuviera esa flor en sus manos… ¿entonces, qué?”
      Esta celebrada, incautelosa, perturbadora invención del escritor inglés Samuel Taylor Colerigde nos aproxima de un modo entrañable a la infortunada historia del poeta Daniel Merino, quien concluyó sus difíciles días terrenales, a temprana edad, en una indeseable prisión de Lontananza.
      Daniel Merino era un joven de carácter intrincado que vivía o parecía vivir en medio de una angustia opresora, injuriante. Se pasaba los días enteros arrumbado en su cama, hundido en la penumbra, el mal olor, la tortuosa sordidez de su habitación, imaginando, recreando en los sótanos de su mente el nebuloso desastre de su propio Juicio Final, escribiendo unos versos que rumiaban la inclemencia, la insuficiencia de su vida desolada. Por las noches, arrebujado en una triste pesadumbre que le daba el aspecto lastimero, ilegítimo de un fantasma, salía a recorrerle sus infortunios, sus nervios temerarios, sus desgarraduras múltiples al temperamento febril de la ciudad, buscando el amparo pernicioso, el peligro vengativo de los barrios más infelices, la equívoca complicidad de las calles más ultrajadas. A la medianoche, ávido, voraz, entenebrecido, empujado por la ignominia de una enérgica, irreprimible exaltación, penetraba en cualquier taberna arrabalera para beber de manera incontrolada, necia, tumultuosa, tanto así que casi nunca regresaba a su cuarto llevado por su propio pie. Ciertas amistades encubiertas, miscelánea de compañías improvisadas la mayoría de las veces, lo conducían a su casa, lo depositaban semejante a un bulto en su lecho, se marchaban. En ocasiones, lo despojaban de dinero, de objetos, de algunas minucias. Aunque esas relaciones transitorias, insustanciales, amenazantes, lo misereaban con sentimientos presuntuosos que iban de la piedad a la indignación, no urdía nada para atemperar sus impulsos, para moderar sus ambiciones, ya que no consideraba esas acciones como algo más ultrajante o más reprochable que si jugara a las cartas. La buena suerte de su poesía, en cambio, transcurría venturosa por el lado contrario. El nombre de Daniel Merino se festejaba innumerable de boca en boca, sus méritos se reconocían, se admiraba la talla de su talento, sus versos eran objeto de celebración en la cima de los círculos literarios, generosos fragmentos de su obra se publicaban en suplementos culturales, en diarios de fama internacional, en revistas de intocable prestigio. El destino, sin embargo, que tiende a introducir elaboradas alevosías para degradar los inconsistentes prodigios de la engreída, mudable, corruptible condición humana, había instruccionado para el excéntrico poeta una trampa. Una trampa ruin, inmisericorde, sin posibilidad de vuelta atrás.
      Una mañana, Daniel despertó con la novedad desconcertante, estremecedora, de un arma entre las manos; minucioso, la revisó con curiosidad, con sobresalto, con asombro: era un machete ancho, corto, sucio de sangre seca que, no sin una lejana,  fraccionada, extraordinaria vaguedad, recordaba haber soñado. Se obcecaba aún en el examen de aquella imprevista persistencia del sueño, sin terminar de discernir lo que ocurría, cuando la puerta de su departamento saltó en pedazos; una enardecida multitud de agentes, con la brutalidad característica de cualquier policía del mundo, entró a detenerlo bajo la sospecha de asesinato; la evidencia del crimen estaba como incrustada entre sus manos temblorosas. Fue conducido a prisión, iba en un estado semejante al éxtasis, sin conseguir desentrañar la significación de aquel objeto en su poder. Más tarde, en una carta escrita a modo de confesión, expuso:
      “Soñé que estaba en casa de mi padre, a quien sólo visitaba dos o tres veces al año. Aquel anochecer lluvioso era una de esas veces. Bebíamos café en su estudio; él hacía gala de autoridad; yo, de jactancia. Éramos desastrosamente diferentes, y de alguna forma inconfesada nos detestábamos. Cosa inusual, estábamos solos, sin la presencia de su esposa (su tercera esposa), de cualquiera de sus amigos frecuentes, sin nadie del personal de servicio afanándose a nuestro alrededor. Solos, inopinada, raramente solos. La hacienda entera, también de manera inusual permanecía callada, incorregiblemente silenciosa. El azar, lo he comprobado hace muy poco, consintió que fuera así para desgracia de los dos. Conforme discutíamos, la malquerencia se afirmaba entre nosotros, infranqueable, inverosímil, definitiva. Él, engreído, con su barriga negligente, su corazón duro como silla de montar, hablaba con animosidad, sujetando apenas el resquemor que asomaba en su pronunciación defectuosa, en esa soberbia que da a los hombres la riqueza excesiva; a intervalos, un ingrato temblor sacudía su cara larga y floja; disfrazaba su avaricia de severidad, exigía mi ayuda, por ser su único heredero, para atender sus tierras, su gente, sus negocios, y yo, en franco desacato, promovía la deslealtad y no hacía nada por modificar un milímetro el rumbo innoble, perverso, maligno que, a su juicio, signaba mi existencia. Traté de explicarle entonces la intensa e intransferible voluntad que gobernaba los ríos de mi sangre, enajenaba mi inteligencia y me excluía de comportarme como una persona simple. No era yo en lo absoluto un individuo normal, en el sentido de medianía que le da la sociedad ordinaria; yo precisaba dotar a mi conciencia de otra lucidez, de un instinto temerario que me permitiera experimentar la infinitud de pasiones, aun las más reprobables, las más aborrecibles, que lleva consigo todo ser humano. Sólo así me sería concedido conocer y compartir el alma de mis semejantes; sólo mediante la mancillación y el desencanto podía ambicionar la experiencia superior de la pureza para siempre; sólo así me sería dado articular mi propia naturaleza y saber quién soy en el mundo. Éste ha sido el espíritu genuino del artista desde el inicio del tiempo, y lo seguirá siendo por toda la eternidad. No obstante, mi padre, intransigente, lisiado, enconado por prejuicios y convencionalismos, predispuesto a la querella, no lo iba a comprender ni admitir jamás. La discusión adquirió un tono de resquebrajamiento, una violencia bárbara, desmesurada, en algún momento utilizó, de manera arbitraria, la palabra que sonó inexorablemente estruendosa, maligna, esa palabra inmunda con que me calificó, esa palabra con la que se burlaba de mi condición, de mis disturbios emocionales, y que me ardió peor que un badajazo en la cara, que pisoteó y aniquiló mi dignidad. Hablaba con insolencia, con desprecio, con una superioridad alevosa, ilegítima. Imposible eludir aquella voz irrefutable que se gozaba en denigrarme, en enumerar problemas, errores, razones inalcanzables. No soportaba que la integridad de su hijo se viera solicitada por vocaciones clandestinas que manchaban la honra de su linaje. Traté, sin mucha pasión y con poca fortuna, de defenderme, de explicarle que mi destino era irrevocable, y mi consagración a él tan natural como la noche y el día (como el infierno y el cielo, dije para mí). Pero era algo inaccesible a su mísero razonamiento, a su mezquindad de usurero. Noté en su rostro los estragos causados por la incomprensión y la cólera. Imaginar, sentir, entender, qué lejos estaba él de lo que representa este íntimo proceso. Hay verdades incorruptibles y acciones eternas a las que él no accedería jamás. Corroboré por qué siempre, o casi siempre, consideré a mi padre un ser inferior. En su minúscula realidad no tenían cabida los designios. Sólo alegaba sentirse enfermo, defraudado, traicionado, fracasado en sus esperanzas. Lo intenté, mas no conseguí apaciguar el torbellino de sus agravios, ni amenguar las dentelladas de sus imprecaciones, su rabia y su repugnancia. La copiosa humillación prevaleció, incesante. Ese hombre que me insultaba y me execraba, con la estulticia del malvado, nada tenía que ver con el de mis primeros recuerdos: aquél me amaba, éste abominaba de mí y me maldecía. Ignoro si duró una eternidad o unos minutos el suplicio. Una poderosa agitación en mi sangre (que provenía de la sangre de ese hombre que era mi padre), una suerte de infinito vacío radiante, parecía anunciarme que había llegado, para los dos, el fin de los tiempos. La liberación suprema. Sobre el escritorio descansaba, en una postura inusitada, fascinante, absurdamente fuera de lugar, un machete corto y ancho, como un trozo afilado de misterio, como un delirio deleitable. Lo real, a mi alrededor, se iba volviendo cada vez más insuficiente, más borroso, hasta que, abrumado por la vergüenza, extenuado y sin salida, impulsado por una seducción monstruosa, por un instinto extravagante, una exasperación febril, vertiginosa, cogí el machete y lo encajé en la frente de mi padre, que se derrumbó espantosamente, con un alarido gigantesco, y todavía así seguí y seguí golpeando y golpeando y golpeando hasta despedazarle la cabeza y la cara, hasta comprobar que estaba muerto ―aunque no sabría decir con fidelidad si lo maté realmente o si lo hice nada más en el sueño. Vi, entre lágrimas de horror, pero sin arrepentimiento, lo que había hecho. Sentí una profunda lástima, por mí, por él. Después de eso ya nada me puede doler, nada me puede sorprender ni asombrar. Porque sea como fuere, cometí el crimen. Y acabando de escribir estas líneas habré de cometer otro, más terrible y más cruel no porque yo mismo habré de ser la víctima, sino porque de éste sí tendré la certidumbre, la conciencia plena de ser yo quien lo cumple”.
      Y, en efecto, se suicidó muy poco después en el interior de su celda. Una vez realizada la simplicidad atroz de aquella decisión, la justicia cerró y archivó el caso, aunque en el expediente quedase como una huella infame la incógnita: no resuelto. Y es que el desenlace del enigma, en verdad, se plantea indefinible. Por una parte, se hallan las evidencias en contra de Merino:
      1) Se había declarado siempre partidario de la muerte en forma violenta;
      2) cubría la totalidad de sus gastos con el dinero que le enviaba su padre y éste llegó a manifestar en diversas ocasiones la intención de retirarle su ayuda;
      3) en un poema, escrito y publicado seis meses atrás, el autor describía, aun en sus mínimos detalles, una acción semejante a la que acabó con la vida de su padre;
      4) el machete que apareció en sus manos, según pudo comprobarse, era el mismo que despedazó la cabeza del finado.
      No obstante, por otra parte, está un hecho que nadie logró descifrar jamás: la hacienda donde se llevó a cabo el asesinato se encuentra en la provincia de Crisanta, distante dos días de camino de la ciudad de Lontananza, y Daniel Merino, de acuerdo con numerosos testimonios, había transcurrido la noche de la tragedia en diferentes tabernas de la ciudad. Esto quiere decir que físicamente no pudo cometer el crimen. Sin embargo, lo cometió… en sueños. Y, como ocurre en la creación de Colerigde, quedó una fatídica constancia de ello.

NTX/AM/VRP

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