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2019-12-09   13:00:47   CULTURA
No ti mexcondas: Nadie tiene el monopolio del fanatismo

Por Víctor Roura

 

1

Este año cumplió, en febrero, siete décadas de vida. Acaso es el escritor nacido en Beirut más destacado de su país. Por primera vez estuvo presente en la FIL de Guadalajara. Amin Maalouf asegura que nadie tiene el monopolio del fanatismo.
      Y tiene mucha razón.

 

2

Identidad. Cada persona supuestamente posee una, que nunca va a ser igual a la de otra. El diccionario la define como “circunstancia de ser una persona o cosa la misma que se supone o justifica”. Todos somos distintos, y esa pequeña, o demasiada, diferencia entre unos y otros nos crea, tal vez incluso contra el propio parecer, una simbólica personalidad.
      La identidad nos hace ser como somos. “En lo que se ha dado en llamar el documento de identidad figuran el nombre y los apellidos, la fecha y el lugar de nacimiento, una fotografía, determinados rasgos físicos, la firma y, a veces, la huella dactilar ―dice el libanofrancés Amin Maalouf en su libro Identidades asesinas (Alianza Editorial, 2001)―: toda una serie de indicaciones que demuestran, sin posibilidad de error, que el titular de ese documento es Fulano y que no hay, entre los miles de millones de seres humanos, ningún otro que pueda confundirse con él, ni siquiera su sosia [personaje de Plauto: doble, persona que tiene un gran parecido con otra] o su hermano gemelo. Mi identidad es lo que hace que yo no sea idéntico a ninguna otra persona”.

 

3

Así definido, el término denota un concepto relativamente preciso, que no debería prestarse a confusión, dice Maalouf: “¿Realmente hace falta una larga argumentación para establecer que no puede haber dos personas idénticas? Aun en el caso de que el día de mañana, como es de temer, se llegara a ‘clonar’ seres humanos, en sentido estricto esos clones sólo serían idénticos en el momento de ‘nacer’; ya desde sus primeros pasos en el mundo empezarían a ser diferentes”.
      Uno es por todo cuanto lo ha rodeado, y lo sigue rodeando, en la vida. “La gran mayoría de la gente, desde luego, pertenece a una tradición religiosa ―prosigue Maalouf―; a una nación y en ocasiones a dos; a un grupo étnico o lingüístico; a una familia más o menos extensa; a una profesión; a una institución; a un determinado ámbito social... Y la lista no acaba ahí, sino que prácticamente podría no tener fin: podemos sentirnos pertenecientes, con más o menos fuerza, a una provincia, a un pueblo, a un barrio, a un clan, a un equipo deportivo o profesional, a una pandilla de amigos, a un sindicato, a una empresa, a un partido, a una asociación, a una parroquia, a una comunidad de personas que tienen las mismas minusvalías físicas, o que se enfrentan a los mismos problemas ambientales”.
      No todas esas pertenencias tienen la misma importancia “o, al menos, no la tienen simultáneamente. Pero ninguna de ellas carece por completo de valor”.
      Si bien cada uno de esos elementos está presente en gran número de individuos, “nunca se da la misma combinación en dos personas distintas, y es justamente ahí donde reside la riqueza de cada uno, su valor personal, lo que hace que todo ser humano sea singular y potencialmente insustituible”.

 

4

Al mismo Maalouf, desde que dejó Líbano en 1976 para instalarse en Francia, le preguntan si se siente más francés o más libanés. Y su respuesta, según él mismo confiesa, es siempre la misma:
      ―Las dos cosas.
      Porque tampoco es medio francés y medio libanés. “De ningún modo ―responde―. La identidad no está hecha de compartimentos, no se divide en mitades, ni en tercios o en zonas estancas. Y no es que tenga varias identidades: tengo solamente una, producto de todos los elementos que la han configurado mediante una ‘dosificación’ singular que nunca es la misma en dos personas”.
      La identidad, que es lo que caracteriza a cada individuo, es ciertamente compleja, única, irremplazable, imposible de confundirse con ninguna otra.

 

5

“Lo que me hace insistir en este punto es ese hábito mental ―dice Maalouf―, tan extendido hoy y a mi juicio sumamente pernicioso, según el cual para que una persona exprese su identidad le basta con decir ‘soy árabe’, ‘soy francés’, ‘soy negro’, ‘soy serbio’, ‘soy musulmán’ o ‘soy judío’…”
      Lo que Maalouf dice no es que la identidad sea una revoltura de muchas cosas (“un batiburrillo informe en el que todos los colores quedarían difuminados”), sino una y nada más, pese a la aparente fusión de diversas identidades.
      “No que todos los hombres sean parecidos, sino que cada uno es distinto de los demás ―advierte―. Un serbio es sin duda distinto de un croata, pero también cada serbio es distinto de todos los demás serbios, y cada croata distinto de todos los demás croatas. Y si un cristiano libanés es diferente de un musulmán libanés, no conozco tampoco a dos cristianos libaneses que sean idénticos, ni a dos musulmanes, del mismo modo que no hay en el mundo dos franceses, dos africanos, dos árabes o dos judíos idénticos”.
      Las personas obviamente no son intercambiables, y en el seno de una familia es común, luego, hallar a dos hermanos con dos posturas absolutamente irreconciliables.
      Así comienzan los conflictos en el mundo.
      Por las insignes identidades.
      Cuando unos seres humanos sienten que “los otros” constituyen una amenaza para “su etnia, su religión o su nación, todo lo que pueden hacer para alejar esa amenaza les parece perfectamente lícito ―dice Maalouf―; incluso cuando llegan a la matanza están convencidos de que se trata de una medida necesaria para preservar la vida de los suyos. Y como todos los que los rodean comparten ese convencimiento, los autores de la matanza suelen tener buena conciencia, y se extrañan que los llamen criminales. No pueden serlo, juran, pues sólo tratan de proteger a sus ancianas madres, a sus hermanos y hermanas, a sus hijos”.

 

6

Uno de los argumentos que ha movido, y todavía mueve, a estas intransigencias e intolerancias ha sido, es, la religión, que a lo largo de la historia parece haber consentido la tortura, la persecución y los asesinatos; pero también, insoslayablemente, la política es otro argumento de interminables discusiones y de insania ulterior.
      “El siglo XX nos habrá enseñado ―refiere Maalouf― que ninguna doctrina es por sí misma necesariamente liberadora: todas pueden caer en desviaciones, todas pueden pervertirse, todas tienen las manos manchadas de sangre: el comunismo, el liberalismo, el nacionalismo, todas las grandes religiones, y hasta el laicismo. Nadie tiene el monopolio del fanatismo, y, a la inversa, nadie tiene tampoco el monopolio de lo humano”.
      Sin embargo, cada sociedad, insinúa Maalouf, de algún modo se apropia de su identidad religiosa (“las sociedades seguras de sí mismas se reflejan en una religión confiada, serena, abierta; las sociedades inseguras se reflejan en una religión pusilánime, beata, altanera”).
      Y cuando se refiere a la influencia de las sociedades sobre las religiones, Maalouf está pensando, por ejemplo, “en el hecho de que, cuando los musulmanes del Tercer Mundo arremeten con violencia contra Occidente, no es sólo porque sean musulmanes y porque Occidente sea cristiano, sino también porque son pobres, porque están dominados y agraviados y porque Occidente es rico y poderoso. He escrito ‘también’, pero estaba pensando ‘sobre todo’. Porque al observar los movimientos islamistas militantes de hoy es fácil adivinar, tanto en el discurso como en los métodos, la influencia del tercermundismo de los años sesenta; en cambio, por más que busco en la historia del Islam, no encuentro ningún precedente claro a esos movimientos. Éstos no son un producto puro de la historia musulmana, son un producto de nuestra época, de sus tensiones, de sus distorsiones, de sus prácticas, de sus desesperanzas”.

 

7

Las guerras a veces comienzan porque los dirigentes de cada país tienen un distinto Dios, o si es el mismo les rezan de distinta forma.
      Dios tiene una distinta identidad para cada creyente, y cada creyente una lectura diferente de su doctrina ―la del mismo Dios o de uno distinto.

NTX/VRP

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