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2020-01-01   13:04:58   CULTURA
Crucificción: Rogelio Guedea

[Para abrir 2020 el narrador Rogelio Guedea (Colima, 1974) nos entrega un cuento que gira en torno a la casa, esa máxima aspiración de todo ser humano. Pero el escritor va más allá porque desea habitar en una casa donde estén alojadas las corrientes literarias…]

 


Ubicación de mi casa

Rogelio Guedea


I

El otro día miraba las casas de Colima. Y en días pasados que estuve en Roma observé las casas de Roma. Y como estuve un par de días en Madrid tuve la oportunidad de observar las casas de Madrid. Esto me llevó, por extensión, a recordar las casas que vi en otras ciudades del mundo, y en especial las casas de Dunedin, en Nueva Zelanda, donde viví por más de una década: casas abiertas en las que podías dejar la bicicleta en el jardín sin correr el riesgo de que te la robaran. Muchos años vi las casas de Dunedin, pero fue hasta ahora que observaba las casas de Colima que supe todo lo que una casa nos puede decir de nosotros mismos y de la forma en que debemos proteger nuestra vida interior. Las casas nos dan la respuesta de acuerdo a la sociedad en que vivimos. Entre más protecciones en las ventanas tengan y más sistemas de alarma y más blindadas estén con rejas y candados, cámaras y otros artilugios, quiere decir también que más necesitamos nosotros mismos proteger también nuestra vida interior, las casas de la acechanza de ladrones y nosotros, por comparación, de las malas personas que buscan dañarnos y de las cuales hay que alejarse sin dilación. Entre más abiertas al exterior estén, más debes confiar en las personas con que tratas, pues encontrarás en ellas lealtad, gratitud, honestidad, etcétera. No debes cuidarte tanto de abrir tu interior a quien sea. Ve a otras ciudades y observa las casas, no dejes de observar las casas de tu propia ciudad, recórrelas de arriba abajo, y pronto sabrás qué tanto o no podrás entregarle el corazón a los demás.

 

II

Hace dos semanas se tapó la cañería del lavatrastos y tuve que hacer los mil malabares para conseguir destaparla. Primero vacié dos o tres o cien litros de destapacaños y nada. Luego abrí la tubería, limpié los conectores y tampoco. Al final, y como aquí las tuberías de baño, regadera y lavatrastos están expuestas, abrí tramo por tramo hasta que justo antes del desagüe encontré el tapón. Armado con manguera y cable trac, que lo arredro. Asunto terminado: el desaguisado desapareció y el agua empezó a fluir con un despilfarro que daba pánico. Cuando apenas me disponía a dedicarle mis días al jardín (cortar ramajes, meter piedrilla, podar arbustos, despejar jardinera, etcétera), me vino de súbito un dolor en la espalda. Un dolor terrible que no había sentido antes en la vida. Fui a dar al hospital inmediatamente. Entonces el doctor me dijo: kidney stones. ¿Qué? El doctor agregó: que tiene tapada la cañería. Sí: piedras en el riñón. Todavía lo estaba asimilando, cuando el doctor puso manos a la obra junto con un grupo de estudiantes que lo asistían. Primero vació dos o tres o cien litros de morfina y nada. Luego me abrió algunas venas y vació una sustancia feroz para limpiar cañerías y tampoco. Al final, y como desafortunadamente las tuberías de uno no están expuestas, tomó ultrasonidos tramo por tramo (riñón-vejiga, vejiga-próstata- próstata-uretra) hasta que encontró, justo en la vejiga, el tapón. Armado con un láser prepotente crac, que lo arredra. Asunto terminado: el dolor desapareció y el agua empezó a fluir con un despilfarro que, por supuesto, me sigue recordando al tapón que encontré en la cañería de mi casa hacía unos cuantos días.

 

III

Tengo un mes buscando casa. Ahora que recuerdo: tengo toda la vida buscando casa. Pero aquí lo digo en presente: un mes yendo de casa en casa: buscando. Conozco ya la mirada de las puertas y ventanas, el rumor de los jardines, el silencio de las chimeneas, la intimidad de las estufas. Con sólo ver la verja o el buzón de correo de una casa puedo saber si ahí vivió una soltera o una viuda, o un hombre sin oficio ni beneficio, o un niño acostumbrado a leer debajo de la cama. Como la vida, las casas también nos habitan a nosotros, nos buscan los espacios confortables, nos encienden las luces al anochecer. Por ello (y sólo por ello) no en todas las casas nos sentimos satisfechos, porque uno no va al encuentro de una fachada hermosa y un barrio tranquilo, una amplia sala y un corredor limpísimo. No: uno va, en realidad, como con la mujer, al encuentro de sí mismo.

 

IV

Los seres humanos no dejamos de desear. Esa es una de las características que nos define. Siempre estamos deseando y, entre más conseguimos eso que deseamos, deseamos más. No nos saciamos. Empezamos deseando una casa de dos habitaciones, con un pequeño jardín, un baño, una ventana, y al cabo de los días o meses de vivir en ella, ya estamos deseando una más grande, con tres habitaciones, dos baños, un par de ventanas, un jardín trasero. Si logramos mudarnos a ésta, entonces, al cabo de los días o meses también, por una razón que somos incapaces de explicarnos, iniciamos una nueva cruzada y deseamos otra casa aún más grande, ya no sólo con cuatro habitaciones, sino con dos pisos, alberca, balcón, un jardín grande, tres baños, dos comedores (el de uso diario y aquel que usamos cuando tenemos invitados), además de cambiar el carro por uno nuevo y comprar otro, porque entre más grande se hace nuestro deseo, más se incrementan nuestras necesidades, de tal modo que un día nos vemos trabajando todo el día, todos los días, sin descanso siquiera los fines de semana, no sólo para mantener cada uno de esos objetos que han conseguido esclavizarnos, sino para ahorrar para aquellos con que pretendemos reemplazarlos al cabo de unos días o meses: ahora una casa en la playa, otra en la montaña, una lancha para la casa de la playa, una camioneta cuatro por cuatro para la de la montaña, otro par de comedores, otro par de salas, guardarropa de playa, guardarropa de montaña, todo eso sin darnos cuenta que para disfrutar de tales placeres sólo nos quedan cinco, diez, cuando mucho quince días al año, pues el resto del tiempo lo utilizamos, ya lo sabemos, para pagarlos.

 

V

La esperanza es ese ganchito que pende de alguna de las paredes de la casa. Ahí está y ahí ha estado, incólume, desde que pusieron la primera puerta y la primera ventana, desde que levantaron el techo y colocaron, en medio del amplio salón, la chimenea de piedra. Ha estado ahí, incluso, desde que limpiaron el lote baldío para poner de un extremo a otro los cimientos, y quizá mucho antes de que ese lote baldío existiera, en medio de la nada. La osadía no es, en realidad, encontrarlo. Basta una mirada atenta y un ir y venir por los pasillos, de la sala al comedor o de la terraza al traspatio, de noche con la linterna de mano o de día con los rayos de sol que se cuelan por el tragaluz, para conseguirlo. No. Lo verdaderamente heroico es asirse a él (a ese ganchito que pende de alguna de las paredes de la casa) y, pese a crueles tormentas y otras calamidades, no soltarse jamás.

 

VI

La casa en construcción de un querido primo mío la custodia por las noches un joven velador y su esposa, una muchacha igualmente sonriente y solícita que el joven velador. Yo los he visto ya un par de veces, cuando he acompañado a mi primo a ver los avances de su casa. Mientras él revisa que esté la altura de los muros en su sitio, los enjarres bien dispuestos y los firmes sin fisuras, yo observo a la joven pareja, absorta y dispuesta a contestar las preguntas de mi primo, incluso lo dejan todo (apagan la radio, desactivan el pequeño televisor, se desabrazan) para poder atender al propietario de esa construcción gracias a la cual, bien o mal, ellos tienen para cubrir los insumos de su subsistencia. Hace un rato acompañé a mi primo a su casa, con un poco de lluvia a cuestas. La joven pareja tenía sobre un fuego hecho con retazos de madera un comal con unas tortillas. Como las tenían en el patio central, las gotas de lluvia le tamborileaban encima. La joven compañera las volteaba de un lado para el otro a fin de calentarlas lo antes posible para poderlas rellenar con unos frijoles que tenían sobre un pretil a medio terminar. Los frijoles olían a rosas, o mejor que a rosas. El olor lo traía el viento que entraba por la puerta del patio trasero y lo metía en los orificios de mi nariz, penetrando hasta el fondo de mis huesos. Qué olor más estremecedor. A un lado de uno de los pilares había una Coca-Cola de litro y medio y, contigua a la Coca-Cola, una bolsita con unos chiles verdes y un buen pedazo de queso. La joven pareja se disponía a cenar, y nosotros habíamos llegado a una hora indispuesta. Mi primo terminó de revisar los avances de los baños y tomó nota de una terraza donde pondría su corredora fija y su saco de box. Luego dijimos adiós y partimos: cuando iba yo a subir a su coche, volteé casi como por un acto reflejo hacia el patio central de la casa y no pude evitar ver, por milagro o destino, ese preciso momento en que la joven pareja le daba una mordida grande al taco de frijoles y segundos después un sorbo interminable a la Coca-Cola. Qué fácil es a veces la felicidad, pensé, al tiempo que mi primo emprendía la retirada.

 

VII

Casi todos en la vida queremos tener una casa. Trabajamos arduamente para tenerla. Pero yo, desde hace algún tiempo, me siento sin casa. Me siento como echado de todas las casas y países posibles. Me veo, y decirlo así parece fácil, parado en la parada de un autobús esperando a un autobús que yo sé que no llegará nunca porque es domingo y los domingos no hay autobuses. Sin embargo, si tuviera dinero para una casa la construiría sobre unas cuantas palabras: amor, mar, pájaro, mujer, jardín. Palabras sobre las cuales, estoy convencido, se puede construir una casa. Mi casa tendría, obviamente, una distribución distinta a las casas que todos ya conocemos, y que nos cubren también, de algún modo, de la lluvia. La mía tendría una habitación para la novela, otra habitación para el microrrelato, la amplia sala para el ensayo, el comedor y la cocina para las traducciones, el techo para los artículos periodísticos, y para los cimientos, que no se ven pero que sostienen la casa, la poesía. Alguien podría creer que a una casa así la tumbaría el soplido del más flaquirucho de los lobos, pero no es así. Yo he escuchado rugir el viento dentro, que es donde por ahora la llevo, y la casa no ha cedido ni un milímetro. Sigue en pie, llena de luz y con las ventanas echadas hacia el viento.

NTX/RG/VRP

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