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2020-01-12   10:06:34   CULTURA
Erotismo en el Modernismo

Por Julián Crenier

[Hace 50 años fue editada por vez primera la Antología del Modernismo de José Emilio Pacheco, edición que festejamos vislumbrando, a partir de sus páginas, el tópico del erotismo en esta corriente literaria…]

 

“El sol es a la tierra lo que el erotismo al hombre”
Elías Nandino

 

Este año se cumple medio siglo de la publicación de la Antología del Modernismo (Ediciones Era, 1970), de José Emilio Pacheco (1939-2014), libro canónico para comprender lo que fue el movimiento literario más importante —aunque algunos argumentan que el único— que se ha dado en Hispanoamérica. En el prólogo, Pacheco nos dice que “no hay modernismo sino modernismos”. Y es cierto: no se trata de poetas que se rigieron bajo una norma o una fórmula para hacer literatura, sino de una generación de poetas que compartió ideales, tópicos, un fervoroso interés por la perfección del lenguaje y una herencia cultural que viene de las corrientes europeas que la antecedieron, tales como el romanticismo, el parnasianismo y el simbolismo, las cuales unieron y adaptaron para darle una completa renovación a la poesía y a la lengua española. Cada uno a su manera y con una voz propia que los hizo destacar individualmente por distintos rasgos y motivos.

Cleopatra y el Vampiro

Intentar encasillar a José Juan Tablada, Manuel José Othón o Amado Nervo en un mismo marco teórico, nos llevaría a una tarea complicada que acabaría en líneas muy generales, tal como apunta Pacheco en su prólogo.
      Sería más interesante escoger un tema en común y ver cómo es que cada uno lo desarrolló, a su manera, en sus versos.
      Propongo uno: el erotismo.
      Motivo que ha seducido civilizaciones enteras a lo largo de milenios y que sigue atrayendo hoy en día a todo tipo de lectores, desde los más serios hasta los que buscan, sin mencionar ningún título, la pornografía más vulgar de los best-sellers.
      Durante el auge literario modernista, los poetas mostraron un enorme interés por este tema. Y como cubrir cada una de sus distintas versiones me tomaría más caracteres de los que tengo capacidad de escribir, creo conveniente abordar un solo poema de dos figuras de esta etapa. El primero será “Cleopatra” del bravísimo y temperamental Salvador Díaz Mirón (Veracruz, 1853-1928), “el poeta del orgullo”, como lo describe Pacheco: “Su poesía es el fruto de la soberbia y el mal, el relámpago que enciende mi alma negra, la inmóvil serenidad contra el caos del mundo, la venganza contra las ofensas de la vida”.
      En el año 1901 publica Lascas, único libro que el veracruzano reconoció como suyo. Su “Cleopatra” es un poema clásico publicado por primera vez en 1900 que no forma parte de este libro, pero nada tiene que pedirle a los que sí fueron incluidos.
      El segundo será “El Vampiro”, soneto de uno de los poetas menos conocidos y, me atrevo a decir, más infravalorados de este movimiento: Efrén Rebolledo (Hidalgo, 1877-1929). Este poema ha cobrado, quizá, más notoriedad con los años debido a su aparición en la novela Los detectives salvajes (1998) de Roberto Bolaño, durante una de las múltiples discusiones literarias de los real-visceralistas.

 

Cautela y reserva

Sería contradictorio, al menos desde nuestra visión occidental, reflexionar sobre el erotismo sin mencionar al pensador francés Georges Bataille. Uno de sus libros más reconocidos se intitula, precisamente, El erotismo (1957). En su texto, Bataille lo establece como “un acto sexual que difiere de la sexualidad animal. El primero moviliza la vida interior mientras que el segundo no”.
      El término “interior” propuesto por Bataille me parece puntual, pues nos hace darnos cuenta que si no existe un acto introspectivo, íntimo, involucrado con el acto carnal, entonces no puede haber erotismo. Existe cada vez que la actividad sexual sale de lo rudimentario, cada vez que se eleva más allá de las necesidades de la reproducción.
      En La llama doble (1993), Octavio Paz (1914-1998) se refirió al erotismo como “formas derivadas del instinto sexual”. Como “cristalizaciones, sublimaciones, perversiones y condiciones que transforman a la sexualidad y la vuelven muchas veces incognoscible. El erotismo es exclusivamente humano: es sexualidad socializada y transfigurada por la imaginación y voluntad de los hombres. El agente que mueve lo mismo el acto erótico que el acto poético es la imaginación”.
      Bien se sabe que la diferencia entre hombre y animal es la capacidad para racionalizar del primero, y uno podría pensar que es eso lo que diferencia al acto erótico de la mera sexualidad como necesidad natural de reproducción. Aunque bien apunta Paz, el erotismo transgrede los límites de la razón, es un acto fundamental y casi divino, el fenómeno que dota de poesía el encuentro sexual.
      Julio Cortázar (1914-1984) reflexionó, durante una de sus Clases de literatura. Berkley, 1980 (Alfaguara, 2013), sobre el contexto histórico del erotismo refiriéndose a los griegos y los romanos como “culturas que situaban la actividad erótica humana en el mismo nivel que cualquier otra. Para ellos, formaba parte de la integridad del ser humano y no había ningún tabú ni tampoco prohibición alguna para aludirla. Después apareció el cristianismo como una fuerza dominante que terminó con esa etapa del pensamiento y la cultura para imponer un código moral que establecía lo erótico en un territorio peligroso. Un campo sobre el que había que escribir con cuidado y sin la soltura y la tranquilidad con la que escribieron los autores de la cultura clásica”.
      Esto se dio a lo largo de la Edad Media y, según el escritor argentino, “llega de manera directa y a veces inconsciente hasta nuestros días”, lo cual no significa que no existió o que no existe literatura erótica desde el fin de la cultura clásica, Cortázar simplemente advierte que los autores han escrito con más cautela y reserva que sus antepasados griegos y romanos.

 

Alcobas y violetas

Llegado su momento, los poetas modernistas mexicanos no tuvieron miedo de abordar el erotismo en su poesía. No por nada causaron tanto escándalo con sus textos. Con la primera publicación del poema “Misa Negra”, José Juan Tablada (1871-1945) molestó severamente a la iglesia y le puso los pelos de punta a la primera dama de México, Carmen Romero Rubio de Díaz. Con una gran irreverencia, estos poetas utilizaron metáforas e imágenes sumamente cargadas para lograr escenas sexuales de gran elegancia, las cuales han sido y seguirán siendo dignas de estudiarse.
      Cada uno a su manera y, sobre todo, con diferente intensidad según la escritura y la emotividad de cada poeta. En su “Cleopatra”, Díaz Mirón se caracteriza por esa búsqueda insaciable del adjetivo perfecto, del lenguaje impecable. No sé si lo haya conseguido, pero de todos ellos es quizás el que más se haya acercado. El amor por lo exótico que es, en palabras de José Emilio Pacheco, “una proyección imaginativa del deseo sexual”. A continuación reproduzco el poema en su totalidad:

 

Cleopatra

La vi tendida de espaldas
entre púrpura revuelta...
Estaba toda desnuda
aspirando humo de esencias
en largo tubo escarchado
de diamantes y de perlas.

Sobre la siniestra mano
apoyada la cabeza,
y cual el ojo de un tigre
un ópalo daba en ella
vislumbres de sangre y fuego
al oro de su ancha trenza.

Tenía un pie sobre el otro
y los dos como azucenas,
y cerca de los tobillos
argollas de finas piedras,
y en el vientre un denso triángulo
de rizada y rubia seda.

En un brazo se torcía
como cinta de centella
un áspid de filigrana
salpicado de turquesas,
con dos carbunclos por ojos
y un dardo de oro en la lengua.

Tibias estaban sus carnes
y sus altos pechos eran
cual blanca leche vertida
dentro de dos copas griegas,
convertida en alabastro,
sólida ya pero aún trémula.

¡Ah! hubiera yo dado entonces
todos mis lauros de Atenas
por entrar en esa alcoba
coronado de violetas,
dejando con los eunucos
mis coturnos a la puerta.

 

Díaz Mirón crea una escena de contemplación de la Cleopatra, pero el poeta no hace nada, no se acerca ni tampoco intenta alcanzarla, lo cual no quiere decir que no experimente o que carezca de sentimientos profundos, pero sí acaba siendo un poema con una escena estática de la voz lírica observando a su amada. Ahí está el segundo distintivo de Díaz Mirón y uno de los rasgos modernistas más notables: la evidente unión de la poesía con otras disciplinas artísticas: Díaz Mirón es pintura, es escultura, es collage. Su “Cleopatra” es una escena inmóvil y a su vez una combinación de exóticos elementos que engendran las sensaciones más salvajes del sentimiento carnal.
      Como bien cita José Emilio Pacheco, Baudelaire decía que “las artes aspiran, si no a suplirse, por lo menos a prestarse fuerzas nuevas”. La influencia pictórica en la literatura de Díaz Mirón es innegable y es a través de este préstamo interdisciplinario que sumerge al lector en una extraña mezcla de sentidos y percepciones, entre realidad y ficción.
      La simbología en la poesía modernista es también crucial. Joyas, piedras preciosas, gemas. Nada de esto nos ofrece algo obvio y digerido, no. Abre, más bien, espacios indeterminados sin el afán de que el lector los conciba a través de la razón, sino que los experimente a través del sentir.
      “¡Ah! hubiera yo dado entonces / todos mis lauros de Atenas / por entrar en esa alcoba // coronado de violetas, / dejando con los eunucos / mis coturnos a la puerta”. El yo lírico deja en claro que daría todo por el encuentro físico con la mujer desnuda que contempla estático. Es una voz poética que ve pero no toca, que observa pero no se aproxima, y es por eso que arde de pasión romántica. Dejaría la corona de laurel de Atenas, la cual es un símbolo de poeta griego, con tal de entrar en la alcoba donde se encuentra su amada. Si por él fuera, dejaría su oficio poético con tal de llegar a su lado. No es un yo lírico tímido, es una voz que denota conservadurismo. No teme dar a entender que desearía estar en un encuentro sexual con ella, ya que advierte que si pudiera entrar a su habitación dejaría a un lado sus coturnos —calzado típico griego y romano— en la puerta con sus sirvientes. Esto mismo implica el acto de desnudarse que acabaría por consumar el acto sexual que jamás sucede.

 

Salvador Díaz Mirón

Rizos y pupilas

Se dice que Xavier Villaurrutia (1903-1950) no creía que Efrén Rebolledo fuera un buen poeta, pero “tratar de presentar aislada en lo posible la nota erótica de Rebolledo, aislar esta cualidad personal y valiosa, equivale a ejercer un acto de justicia con un poeta digno de atención y memoria”. Durante mucho tiempo se ha menospreciado su valor literario y con el paso de los años ha ido perdiendo el renombre y la atención de los lectores que tanto merece. Sin embargo, consolidarse como el poeta erótico por excelencia de la literatura mexicana no es poca cosa. Es, de hecho, un mérito al que muchos poetas aspirarían. Desde su obra temprana, Rebolledo mostraba ya destellos eróticos, pero tal vez al iniciarse en la poesía, como a cualquiera le pasa, no tenía un estilo tan bien definido y aun escribía con cierta reserva. Más preocupado por la ingenuidad de la mitología plagada en sus versos que en la rebeldía y la sinceridad que llegarían a su máxima expresión en Caro Victrix (traducido al español como Carne Victoriosa, publicado por primera vez en 1916), su libro cumbre.
      También es importante situar a Rebolledo en su contexto histórico. Estaba escribiendo hace más de cien años lo que hoy en día apenas va considerándose como moralmente no tan incorrecto. Así de claro. Para cuando publica Caro Victrix, dejó la candidez de la palabra a un lado y se acercó a la visión griega y romana por el bien de la literatura. Ahora reproduzco completo su bello soneto (que, como el de Díaz Mirón, viene incluido en la Antología del Modernismo de José Emilio Pacheco, que nos ha dado pie para cavilar sobre este tema):

 

El vampiro

Ruedan tus rizos lóbregos y gruesos
por tus cándidas formas como un río,
y esparzo en su raudal crespo y sombrío
las rosas encendidas de mis besos.

En tanto que descojo los espesos              
anillos, siento el roce leve y frío
de tu mano, y un largo calosfrío
me recorre y penetra hasta los huesos.

Tus pupilas caóticas y hurañas
destellan cuando escuchan el suspiro
que sale desgarrando mis entrañas,

y mientras yo agonizo, tú, sedienta,
finges un negro y pertinaz vampiro
que de mi ardiente sangre se sustenta.

 

“El vampiro” tiene dos aspectos cruciales que deben ser mencionados y que al final acaban por justificar su valor: el lenguaje y la construcción misma del poema. Al igual que Díaz Mirón, Rebolledo busca la pureza en sus palabras, las trata con Arte y depuración. La selección de adjetivos que hace es minuciosa y logra que la descripción del acto erótico nunca, en lo absoluto, caiga en la vulgaridad. Este factor es importante de entender porque hay una delgada línea que diferencia al erotismo literario del erotismo sin rigor artístico que, en palabras de Cortázar, termina siendo un mero texto pornográfico: “Entre erotismo y pornografía hay una diferencia capital: la pornografía en la literatura siempre es negativa y despreciable en el sentido de que son libros, situaciones de libros, escritos deliberadamente para crear situaciones eróticas que provoquen en el lector una determinada excitación o una determinada tendencia; en cambio, el erotismo en la literatura significa el hecho de que la vida erótica del hombre es tan importante como su vida mental, intelectual y sentimental”.
      Antes de Rebolledo, la mayoría de los poetas modernistas que escribieron sobre escenas eróticas lo hacían con cierta cautela. A diferencia de Díaz Mirón —quien enuncia una voz lírica que sigue relacionando al deseo sexual con la culpa—, Rebolledo pasa de ser la voz poética contemplativa de la mujer a un yo lírico que asume su deseo sexual y que se entrega a las sensaciones carnales más profundas.
      Citando nuevamente a José Emilio Pacheco: “Para los modernistas mexicanos, las pasiones humanas deben sentirse en carne propia para poder expresarlas”. Rebolledo ya no presenta una escena estática en este poema. A través de este ambiente oscuro y decadente existe una especie de sucesión de imágenes que, sin caer en un poema narrativo, van del primer encuentro visual del yo lírico con el vampiro a la consumación del acto sexual de ambos. Las dos figuras del poema representan al héroe melancólico frente a la femme fatale, ambos rasgos clásicos del modernismo. Sin embargo, el primero acepta su condición y no teme a sucumbir frente al segundo y ceder ante el acto erótico.
      Dicha sucesión de imágenes nos hace darnos cuenta que existe una condición de avance en la lectura. Va del deseo sexual a la consumación del acto. La válvula de escape de los modernistas se cumple con dicha condición de avance. Ante el horror de la vida existen dos salidas: la primera es la contemplación estética que se lleva a cabo en el primer momento del poema; la segunda es la ascesis mística, el conseguir la perfección intelectual y espiritual a través de la unión de las dos figuras en el acto sexual. En esta dualidad es donde reside el eterno misterio ante la vida y la muerte, misterio por el cual la voz poética duda del vampiro, pero no teme frente a su figura.

 

Negaciones y trascendencias

Se han cumplido entonces 50 años de la primera edición de la Antología del Modernismo. Al estarla revisando una vez más durante estos días, junto con los precisos comentarios y las valiosas anotaciones de José Emilio Pacheco, pude constatar nuevamente que en este país hemos tenido una poesía que nada tiene que envidiarle a la europea.
      Alguna vez, discutiendo con el poeta Víctor Manuel Mendiola, un lector voraz de Díaz Mirón, concordamos en esto. Y eso que el erotismo es sólo una de las múltiples ramas que tiene el tupido árbol del modernismo. Existen muchas maneras, tópicos y visiones para abordar este movimiento que parece que nunca va a dejarnos sin discusión.
      Tan terriblemente sintieron estos poetas la ausencia de Dios que tuvieron que utilizar a la poesía y al Arte como su religión sustituta.
      Y así es, lo lograron.
      Todos consiguieron expresar el dolor del mundo a través de su conciencia individual.
      Sin duda esta antología es crucial para entender a nuestros modernistas, pero incluso puede quedarse corta, pues los poetas acaban por trascender sus páginas. Ellos se negaban a construir la realidad circundante únicamente en el plano físico. Tal vez ahí radique su verdadero valor para la literatura de México y del mundo.

 

Efrén Rebolledo

NTX/JC/VRP

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